viernes, 12 de noviembre de 2010

Presuponiendo el valor

Cuando me pide un presupuesto una empresa, para por ejemplo fotografías de sus productos, la ecuación es sencilla, o al menos debería serlo. Si las fotos venden, tienen valor para la empresa y solo se trata de acordar un precio.
¿Pero que pasa cuando el cliente es un particular? ¿cuál es el valor de estas imágenes? Es habitual que en incendios, en los que las personas en cuestiones de segundo tienen que decidir que salvar, sea un puñado de fotografías irreemplazables la posesión que les acompaña al resguardo de las llamas. Recuerdo una noticia en televisión sobre unas inundaciones en las que una señora, pobre como casi siempre lo son las golpeadas por este tipo de calamidades, en su casa ruinosa y aún llena de fango, aseguraba bastante serena haberlo perdido todo, pero perdía la calma al repetir una y otra vez que ya no estaban sus fotos. 
Hay fotografías que nos sacuden el alma, que nos hacen sentir. Por eso podemos romperlas con saña e incluso quemarlas, porque nos encienden, porque son nosotros, pero también quien nos las hizo. Porque nos llevan a un momento, pero también a un sentimiento, el que vivíamos en el momento de hacerlas, en el momento en que nos las hicieron.
¿Como se le pone precio a esto? ¿no tiene usted fotografías que valen todo el oro del mundo? aunque mañana es posible que quiera quemarlas, hoy no se separaría de ellas, sería como desvivir parte de su vida (suicidarse, olvidar o negar lo vivido... tal vez perderlo). Las fotografías son válidas como pruebas en los juicios, pero a veces también las necesitamos como pruebas de lo vivido.  Yo me he dado cuenta de la potencia que tienen estas fotografías personales al observar las reacciones de mis clientes y sinceramente, las mías propias. Lastima que en ocasiones solo después de hechas las fotografías, o de no hechas y añoradas, se comprende su valor, que poco tiene que ver muchas veces con su precio.